El queridísimo humorista Rafael Rojas Doria sopló nada más y nada menos que 95 velitas y lo celebró a lo grande, como corresponde a una verdadera leyenda de la cultura paraguaya. Rodeado del profundo amor de sus hijos y nietos, al ritmo de una populosa polca y soltando ocurrencias que hicieron descostillar de la risa a todos los presentes, Don Rafael demostró que mantiene intacto su espíritu picante y mbarete. «La síntesis de mi personalidad es la alegría. Siempre he querido estar alegre y alegrar a la gente, porque esa es la vida», expresó emocionado en charla con la prensa, confirmando que la comedia la lleva en la sangre desde que era un mitã’i en la escuela.

Con un recorrido artístico envidiable que le dio un techo, una hermosa familia y el cariño eterno del pueblo paraguayo, el comediante reflexiona sobre su trayectoria con profunda gratitud y humildad. El artista asegura que no hay mejor regalo en esta vida que ver la sonrisa sincera de loperro cuando tira uno de sus chistes. «A mi edad no sabés lo viejo que soy, pero feliz, un viejo feliz», lanzó entre risas quien hoy, un poco más alejado de las tablas, disfruta del mimo constante de sus seres queridos en un ambiente colmado de anécdotas, nostalgia y esa simpatía tan única que ya está impregnada en el ADN de toda su descendencia.

Entre los recuerdos más emotivos y sagrados que guarda en el corazón, Rojas Doria no pudo evitar recordar a su dupla eterna de mil batallas, César Álvarez Blanco. Con los ojos iluminados por la añoranza, rememoró los inicios de esa amistad de hierro que nació en un escenario y que conquistó por décadas al público entero. «Mi compadre, a pesar de ser argentino, hablaba mejor que nosotros el guaraní. Era simpático, inventor de chiste, era un genio. Yo me acuerdo de él y ya me río», confesó con el alma sobre quien considera un hermano de la vida, sellando así una emotiva celebración para uno de los tesoros vivientes más grandes del espectáculo paraguayo.